Abrazos, necesidades varias

Abrazos, necesidades varias

Decía Drew Baylor (Orlando Bloom en ElizabethTown):
“Ya que disponemos de un momento, voy a contaros que últimamente me he convertido en un entendido en últimas miradas. O sea, el modo en el que te mira la gente cuando cree que sera la ultima vez que te vea, estoy recibiendo bastantes de esas y… esta también lo es”   

Pues yo, en los últimos días, me he convertido en una entendida en “abrazos”. No me gusta mucho que me toquen. Corrijo, no me gusta que me toque quien no me gusta, así que soy selectiva en abrazos, o eso creía. En estos dos días me he dado cuenta de que me gustan bastante más personas de las que pensaba…
…He tenido bastantes abrazos.

Te despiertas un día y no hay nada en el lugar donde se supone que debería estar. Nada.

Entonces, ocurre algo nimio, banal, insustancial, ridículo, absurdo y sin importancia y ese es el detonante para que tu pequeño mundo haga…

Y necesitas un abrazo.
O dos.
O mil.
O diez millones.
Por suerte, a tus amigos no les incomoda el contacto físico y te lo dan sin problemas.
Hay dos tipos de amigos, los que te abrazan cuando escuchan de tu boca que lo necesitas, y los que simplemente se acercan a ti y te lo dan. Yo no pido que me abracen… no lo hago… así que los amigos del segundo tipo son los mejores.
También he distinguido entre varios estilos de abrazos.
Está quien te abraza y ese abrazo termina en segundos.
Está quien te abraza y te reconforta.
Está quien te abraza como un “pro”, se funde de tal manera que llegas a creer que eres una sola persona, pierdes conciencia de ti mismo y te dejas hacer.
Yo los agradezco todos.
Leí en alguna parte que hay abrazos que te destruyen y te vuelven a construir, de cero, imagino, pero sólo con las partes que merecen estar de nuevo en ti, espero. Y eso es lo que necesitaba.
Necesito.
Empezaría con un acercamiento lento, un abrazo que se va estrechando poco a poco, que va subiendo en intensidad.
Se hace el silencio.
Los cuerpos se fundirían y las respiraciones se irían acompasando hasta que de tan cerca, tan fundidos, pareciera que los corazones laten a la par, que se inspira y se expira el mismo aire y entonces es cuando gemiría o ronronearía y me daría cuenta de que el tiempo se ha detenido. Que me han reconstruido en dos movimientos en un gesto íntimo, más intimo que el sexo.
De todos los abrazos que recibí, uno me decepcionó especialmente. Y otro, otro me sorprendió de tal manera, que aún hoy soy capaz de describirte el olor a suavizante de su ropa.